
Te encuentras en la bitácora, aunque supongo que ya te habías dado cuenta. Aquí podrás leer un poco sobre mí día a día. Reflexiones y opiniones acerca de temas que levanten algo de interés en mí, o aventurillas que vaya viviendo y que puedan tener algo que contaros.

"Nota: Este relato fué escrito para un concurso. No suelo escribir sobre hombres lobo o elfos, pero las bases de dicho concurso obligaban a ello. ^^"
La puerta se cerró dejando de nuevo la inmensa sala sumida en una ligera penumbra. El rey, en su holgado trono, balanceaba su ostentosa copa de vino al tiempo que se dirigía a su consejero.
- Amigo Kotka, podrían tus sabias palabras recordarme el motivo por el cual sigo tus indicaciones y abro la puerta de mi castillo a todos aquellos que vienen a replicarme.
- Mi señor Suden, aunque soy capaz de comprender el enorme esfuerzo que las acciones de hoy le representan, resulta de vital importancia mantener al ciudadano complacido. Son tiempos oscuros para su reinado y los rumores empiezan a expandirse rápidamente. Permitir cuatro palabras a esas personas fortalecerá la confianza de su pueblo y acallará posibles revueltas - susurro Kotka algo temeroso.
- ¿Tiempos oscuros? Menuda tontería. Sólo aquel rey venido al mundo en noche de llena luna, traerá con él oscuridad - sentenció el rey sin dejar de mover su copa. - ¡Que pase el siguiente! A ver que deseo nos pide complacer - dijo con tono burlón.
La enorme ciudad, que antaño respiraba vida por todos y cada uno de sus rincones, mostraba una cara desgraciada que se acrecentaba a cada paso. En un lugar tan grande, siempre habían surgido inocentes mendigos y vagabundos que pedían amablemente un mísero donativo para poder seguir adelante, pero ahora la pobreza se abalanzaba en cada esquina y dificultaba la marcha de cualquiera que recorriera aquellas calles. No obstante, el miedo impedía que se acercarán a él. Claro quedaba con verlo que no provenía de las cercanías. Sus vestimentas, aunque de viajero, no presentaban roturas ni antiguas manchas aun por lavar. Su ritmo, fuerte y decidido, dejaba atrás los rostros boquiabiertos de los pocos que se atrevían a levantar la mirada intentando averiguar quien se escondía debajo de aquella capucha.
El pequeño anciano, sentado en la punta del banco con los pies apenas rozando el suelo, cruzaba y estiraba continuamente las piernas con claras evidencias de nerviosismo.
- Dicen que sólo un rey nacido en llena luna trae consigo la desgracia, eso lo sabe todo el mundo - comentó en voz alta. - Pero el hambre nos estrangula cada duro día que pasa.
La puerta se abrió para dejar paso esta vez a una mujer cuya mirada dejaba entrever pequeños toques de felicidad.
- ¡Vaya! Parece que llegó mi turno - anunció el viejo hombre, dirigiéndose al individuo encapuchado que restaba sólo en el banco. - Ya queda poco amigo, espero no tardar mucho. Seguro que nuestro buen rey tiene una razón que darme.
El ruido que el portón hizo al cerrarse, quedo amortiguado por la extraña expresión de complacencia que mostraba el anciano al salir de la sala a escasos minutos de su entrada, debida probablemente a las vanas promesas de un hombre que, descaradamente, jugaba con sus súbditos.
- ¿Y bien? Sí fuerais tan amable de decirme vuestro nombre y la razón por la cual queréis ser escuchado - invitó el monarca mientras levantaba del vino su perdida mirada, alertado por el suave silbido que las relucientes espadas producían al ser desenvainadas, al unísono, por la docena de soldados que custodiaban la estancia. - ¿Se puede saber como habéis conseguido entrar armado en mi castillo? - Interrogó enojado a la vez que fruncía el ceño. - ¡Depositad vuestra espada en el suelo ahora mismo!
- Mi nombre es Haukka. Y si he venido hasta aquí, es para eliminar la enfermedad que corroe este reino.
- ¿Y cual creé, mi sabía excelencia, que es dicha enfermedad? - demandó el soberano, de nuevo haciendo uso de la mofa.
- El mismo incrédulo que creé gobernarlo - acusó sin inmutarse.
- Sin duda un hombre valiente - sonrió. - Un hombre al que me gustaría verle la cara antes de que mis guardias lo aplasten.
Poco a poco, su rostro se iba descubriendo, mientras con elegancia elevaba la capucha que lo cubría. Su tez se mostraba joven y serena. Su pelo, de raíces blancas, se difuminaba hasta unas puntas negras como la noche dándoles un fugaz semblante a las púas de un pequeño erizo, a la vez que alejaban la atención de unas orejas ligeramente puntiagudas que parecían escuchar incluso el rugir de las nubes en noche de calma.
Las espadas bailaban de un lado para otro a una velocidad vertiginosa. Haukka esquivaba con facilidad cada uno de los ataques que recibía, y contraatacaba con un estilo nunca visto. Era refinado y letal. Sus precisos movimientos no dejaban lugar a dudas, era un elfo blanco, o al menos parte de él. Uno tras otro, sus rivales fueron cayendo sin que nadie pudiera remediarlo, hasta que, finalmente, sólo tres personas quedaron en la sala, antes de que Kotka saliera corriendo movido por el pánico y el horror.
- Pareces un buen guerrero, pero creo que ya he tenido suficiente espectáculo por hoy - amenazó tirando su copa hacía una esquina.
- Sólo aquel nacido en llena luna, traerá la desgracia - exclamó Haukka. - Eso dijeron de mi padre y por ello fue desterrado y prohibido. Por tener la misma sangre que su hermano. Un hermano libre de una absurda leyenda que marco a aquellas buenas personas que, por desgracia, vieron en la llena luna su primera luz, como lo hiciera antes el vil rey capaz de forjar tal disparatada maldición. Un hermano que, pese ha nacer de día, nunca podrá evitar rehuir del licántropo que lleva dentro. Un hermano como tú.
Para entonces Suden ya empezaba a rozar un estado de furia excesivo en un ser humano. Su piel se había oscurecido sutilmente y los ojos mostraban un extraño brillo rojizo. Fugaz, el monarca se abalanzó sobre el joven mestizo que, con gracia, bloqueo las fauces de su tío haciendo uso de la vaina de su espada.
El combate se alargaba y la noche empezaba a caer. El cansancio ya dejaba ver su telaraña, pero los dos guerreros seguían exprimiendo sus fuerzas al máximo. Pese a la seguridad y gran habilidad de Haukka, le resultaba difícil contrarrestar la brutal fuerza de su oponente, el cual ni siquiera se preocupaba de los cortes que recibía de mano del elfo. Parecía que la lucha alcanzaría la mañana cuando un pequeño rallo de luz entro por uno de los pequeños ventanales que, bajo orden del rey, se habían instalado a su llegada al poder.
Fuera, el pueblo dormía sin saber nada de lo que allí estaba ocurriendo. Y Kotka, al parecer, había preferido huir de la ciudad antes que denunciar los hechos. Los golpes y estocadas se sucedían desbocados hasta que Haukka y Suden, en uno de sus forcejeos, fueron tocados por la luz. El rey creció desmesuradamente. El pelo se extendía por todo su cuerpo y sus ojos se tornaron rojos completamente. El elfo, por su parte, vio su piel volverse absolutamente negra. Su cabello brillaba cual llama blanca en la oscuridad. Suden, descontrolado, estiró su afilada garra hacia su contrincante, pero ya nada se podía hacer. Haukka, casi sin inmutarse, giró la muñeca de tal forma que su espada cortó limpiamente el musculado brazo del licántropo. Este, malherido, supo entonces que estaba perdido y, tomando ejemplo de su consejero, huyó. Saltó por encima de lo poco que quedaba del trono. Lanzó la puerta por los aires y corrió tan rápido que ni la brisa nocturna era capaz de alcanzarlo.
- Te encontraré Suden. Y te mataré - juró Haukka.

